La vida te la dan, pero no te la regalan

sábado, 20 de abril de 2013

A UNA FIEL COMPAÑERA

¿Qué sería la vida sin ti? Te debo mucho. Ciertamente tengo que agradecerte que me hayas acompañado en todos esos ratos de soledad y en muchos momentos tan especiales. Hiciste que los viajes parecieran una película, que el amor fuera más terciopelo, que el desamor más llevadero, que la noche más alegre y el alba más vitalista.


Siempre estabas ahí, al principio guardada en un traje negro brillante. Luego te cambiaron de osamenta para que fueras más discreta y casi ni se te viera. Ahora estás en cualquier lugar de la casa, casi desperdigada. Perdiste tu forma pero no tu voz. Una voz que nunca nadie podrá acallar; una voz diversa que siempre sonará aunque sea en mi mente; una voz que hoy te anima; un sonido que te pondrá los pelos de punta. Fuiste y serás la que acompaña cuando lloras, la que te columpia cuando ríes o la que te habla cuando quieres conversación. Nunca fallas. Hoy serás una canción, mañana una sinfonía, pasado un rock and roll, quizá el domingo seas un bolero o una cumbia y siempre, siempre, serás la música; esa que pone la banda sonora a toda una vida. Esa que te acompaña cuando lloras o que te columpia cuando ries.

sábado, 16 de marzo de 2013

TU PROPIA PELÍCULA

El tiempo hace su trabajo escrupulosamente, sin alteraciones. Uno no se da apenas cuenta, pero cuando te percatas, el tiempo alimentó un pasado que ha crecido más de lo que se esperaba.


El tiempo pasa sin desfallecer, sin desasosiego y entonces miras hacía atrás y apenas puedes ver el principio. A duras penas podrás ver el comienzo de esa película que poco a poco vas gestando. Esa película que todos vamos construyendo. Única, particular. Esa película en la que hay escenas que se censuran y que se guardan en el arcón de los recuerdos, o mejor dicho, de los secretos. Esa película en la que grabamos aquellos momentos que nos pusieron la carne de gallina. Esa película en la que lloramos, en la que sufrimos, en la que también nos reímos, en la que amamos y peleamos por vivir, y en la que nos equivocamos. Una película en la que borraras muchos momentos porque no cabe ponerlos todos.

Con el tiempo y con la serenidad necesaria uno podrá contemplar esa película como si de un trailer se tratara y entonces quizá sonreirá con nostalgia, apenas arrugando la mejilla derecha. Si la vida no fue muy cruel quizá diga que no ha estado mal hasta el momento. Si fuera un soñador podrá decir que aún quedan muchas escenas por diseñar y grabar. Pero el pesimista añadirá que aún queda un tortuoso y complicado guión por escribir. El anciano por su parte pensará que esta película se va acabando y que pronto llegará el final.

Así, de esta manera, cada uno, con la ayuda del tiempo, va elaborando su propia historia, su propio guión, su propia película.

sábado, 2 de febrero de 2013

UN SOPLO DE AIRE FRESCO

Volver a ver a Ismael Serrano en un concierto ha supuesto un soplo de aire fresco, una ráfaga de viento ensoñador que viene a refrescar una mente atrofiada por la ausencia de valores de los tiempos en los que vivimos, por la escasez de ética de la sociedad, por la vulgaridad de la rutina y por el agotador azote de una crisis que nos harta y desmotiva.

Ismael pertenece a esa estirpe en peligro de extinción que todavía cree en las utopías y que alimenta la esperanza de que el mundo puede ser mejor de lo que es y después de tres horas de melosas melodías sales casi entregado y convencido del mensaje que brota de su garganta.

“Alguno dijo en las redes sociales que te compras un disco de Isamel Serrano, lo metes en el bolsillo y se te duerme la pierna” bromeaba el propio artista, demostrando que no solo es un chico serio lanzando misivas de cambio e ilusión. Y aunque la ironía malintencionada se hace eco del tono sereno que mantiene en el escenario, es quizá este sosiego el que uno agradece. El que vaya en busca de sonidos que impulsen sus caderas apenas encontrará alicientes, pero si quedará enormemente satisfecho aquel que busca la complicidad y la cercanía de una voz intimista y cálida, casi desnuda por la ausencia de una orquestación más recargada, que suena cercana y acogedora como el último abrazo de una noche de frío invierno. Y es que a veces uno agradece que se calle el ruido de fondo que nos acompaña en la cotidianeidad, para que alguien nos meza y nos hipnotice acomodados entre baladas de algodón, entre conversaciones y diálogos comprometidos, entre el buen hacer de un piano que arropa la voz de autor y de una guitarra que casi nunca le abandona y que añade más leña a la lumbre que da calor al encuentro.

Para los que albergamos un alma que se deja llevar fácilmente por las ilusiones, Ismael representa un ejemplo de lo que quisimos haber sido y no fuimos y una especie de envidia y de frustración nos invade al comprobar que otros han sido capaces de ponerse en pie y decir “señores este soy yo y vengo a cantarles lo que yo llevo dentro”, con la suerte añadida de que a los que acudimos a escuchar su canto, nos gusta y se lo agradecemos. ¿Qué más se puede pedir en esta vida? No pudiste tener mejor camino, amigo Ismael.


SI SE CALLASE EL RUIDO



sábado, 26 de enero de 2013

PODER IR DISTRAIDO SIN CORRER PELIGRO

El arte de escribir canciones debe de incluir la capacidad de expresar mucho y acertadamente, en pocas palabras. No es nueva mi admiración por aquellos que se desenvuelven con facilidad dentro de dicha habilidad artística. Y tampoco es nuevo que ponga como ejemplo y referencia al maestro Serrat, ahora venido a menos y dedicado a divertimentos con cierto colega, también habilidoso en el arte de la composición de canciones, pero con menos carga de profundidad y elegancia que el primero, aunque para esto habrá muchas opiniones, tantas como los gustos por los colores.


Hace unos días que reflexiono sobre una de esas frases del cantautor catalán que a uno le hacen pensar. La frase que no me saco de la cabeza pertenece al tema “Sería Fantastic” y dice, entre otras cosas, que sería fantástico “poder ir distraído sin correr peligro”.

Para uno, que sale a padre, y que desde pequeño ya apuntaba a ser un gran distraído, la frase no le deja indiferente. Son muchos los problemas que hay que ir tapando cuando bajas la guardia, cuando te despistas un segundo, o cuando por carencia, por descuido o relajación, te quedas mirando pasar el tren.

El mundo que nos toca vivir nos permite pocas distracciones. Hay que mantenerse alerta no sea que pierdas el trabajo, o que no lo encuentres rápidamente, no sea que tu vecino te avasalle, no sea que pierdas tu situación y estatus, no sea que pierdas tu mejor oportunidad en la vida para ser más feliz, o no sea que el amor pase sin decirte ni siquiera hasta luego.

Entre estas reflexiones me vienen a la mente los documentales de la 2 en los que podemos ver explícitamente como cada especie debe estar en permanente estado de atención hacia los peligros que en su hábitat existen. Aquel animal que se distrae por un segundo puede caer en las garras de su peor enemigo. Al igual que el entorno animal es una jungla de supervivencia en la que no se permiten relajaciones, en el mundo humano es un lujo descuidar tus defensas.

De esta manera al catálogo de lujos ya conocidos, como tener un buen coche, o una buena casa mirando al mar en la que podamos ver la puesta de sol más hermosa, tendremos que añadir la posibilidad de, al menos de vez en cuando, “poder ir distraído, sin correr peligro”.

SERÍA FANTASTIC/SERÍA FANTÁSTICO

Dicen..

Sería fantástico

que andara equivocado

y que el water no estuviera ocupado.



Que hiciera un buen día

y que no nos engañaran en el peso.

Que San Pedro, no cantase ni aunque le pagaran.



Sería fantástico

que nada fuera urgente.

No pasar nunca de largo y servir para algo.

Ir por la vida sin cumplidos

llamando a las cosas por su nombre.

Cobrar en especies y sentirse bien tratado

y mearse de risa y dejar volar la fantasía.



Sería todo un detalle,

todo un síntoma de urbanidad,

que no perdiesen siempre los mismos

y que heredasen los desheredados.



Sería fantástico

que ganara el mejor

y que la fuerza no fuera la razón.



Que se instalara en mi barrio

el paraíso terrenal.

Que la ciencia fuera neutral.



Sería fantástico

no pasar por el tubo.

Que todo fuera como está mandado y nadie mandara.

Que llegara el día del sentido común.

Encontrarse como en casa en todas partes.

Poder ir distraído sin correr peligro.

Sería fantástico que todos fuéramos hijos de Dios.



Sería todo un detalle

y todo un gesto, por tu parte,

que coincidiéramos, te dejaras convencer

y fueses como yo siempre te imagine.

martes, 1 de enero de 2013

VIEJA SEÑORA

Te quedaste anclada en el pasado mirando fijamente a las aguas que te riegan y viendo entre el oleaje el reflejo de tu juventud. En aquellos tiempos fuiste reina y puerto, y como tal eras partida y llegada. Eras vanguardia, y tu luz brillaba más que nunca.

Ahora algunos dicen que estas un poco descuidada, que te has abandonado, que ya no eres la misma de antes. El tiempo pasa. Es cierto. Pero la vejez hay que llevarla con elegancia y sobriedad y no con las imposturas de un triste maquillaje artificial.

Es cierto que las arrugas delatan tu edad, pero tú nunca quisiste ocultar el paso del tiempo ni teñir tu cielo gris y canoso plagado de melancolía.

Miras y miras una vez más al horizonte azul del oeste buscando el recuerdo de tus hijos que se fueron hacia otras tierras y hacia otro calor.

Pero junto a ti se quedaron otros que no hacen más que lamentarse por tus calles empinadas con quejas desgarradas acompañadas de guitarras lastimeras.

Has llorado muchas veces y tu llanto llenó ese río que parece un mar y que un mar es si alargas tu mano.

Algunos dicen que ya no eres la misma. Yo sin embargo sigo viendo en ti una auténtica señora, tierna, sentimental y sensible. La misma vieja y acogedora señora de siempre. La dulce Lisboa.


jueves, 27 de septiembre de 2012

EL FRUTO DE MI TIERRA

20 DE ABRIL DE 1810



Era ya casi de noche cuando golpearon en la puerta de madera de la casa de la familia Antón.
Graciela se asustó al sentir el golpeo fuerte y seguro de la llamada.

- ¿Quién va? – preguntó.

- El alguacil Abelardo. – se escuchó desde el otro lado de la puerta. Graciela abrió con desconfianza y extrañeza.

- ¿Qué le trae por aquí a estas horas? – preguntó la señora de la casa.

- Buenas noches Graciela. ¿Podría hablar con Leandro? – preguntó el alguacil.

- Está encerrando al caballo y dándole de comer. Ha estado preparando los bancales.

- Ya estoy aquí alguacil – gritó a lo lejos con voz grave Leandro Antón. - ¿Qué le trae por aquí a estas horas? Ya es momento de cenar.

- Mejor se lo cuento dentro si no les importa. Tardaré sólo unos segundos.

- Pase. Graciela, sácale un orujo al señor alguacil. Usted siéntese. – le dijo en tono cansado, mientras dejaba el legón sobre la piedra de la pared.

Una vez todos sentados alrededor de la mesa de madera de pino, Abelardo, el alguacil, tornó el rictus de su rostro adquiriendo un tono de severidad y formalismo.

- Les traigo instrucciones del general Pérez de Herrasti para que abandonen la casa lo antes posible y se alojen, al menos temporalmente, dentro de las murallas. Tenemos constancia de que el ejercito francés se dirige hacia aquí con intenciones de tomar la ciudad. El general les advierte que aquí no puede garantizar su seguridad y les invita a refugiarse en la ciudad. Pensamos que el ejército francés estará aquí en un par de días.

- Virgen de Dios- exclamó Graciela mientras su marido miraba fijamente al vaso de orujo. Tras un momento de silencio en el que se palpaba la preocupación Leandro afirmó: - de aquí no nos movemos Graciela.

- Pero cariño, ¿sabes lo que nos espera si nos quedamos aquí?- replicó la esposa.

- ¿Y a dónde quieres que vayamos? No tenemos quien nos de cobijo dentro de las murallas.

- El general ha habilitado unas dependencias para que puedan vivir el tiempo necesario. Eso si, tendrán que compartir el alojamiento con otros vecinos en su misma situación. – explicó el alguacil.

- Me da igual. No pienso abandonar lo único que poseo. Esta tierra es lo que mantiene a mi familia, si la dejo puede que ya nunca vuelva a recuperarla.-

- Pero Leandro, por favor aquí seremos presa fácil de los franceses, quién sabe lo que nos harán. Piensa en tu hija. Tan sólo tiene dieciocho años.

- Graciela, ya está pensado y no se hable más. ¿Qué interés puede tener una familia como la nuestra para los franceses? Pasarán de largo y se ocuparan de la ciudad fortificada. Eso es lo que les interesa, no dos hortelanos y una niña adolescente. Nosotros no somos sus objetivos.

- Leandro, piénseselo. Puede haber saqueos y quien sabe que más. – adujo el alguacil.

- Prefiero que me roben a perderlo todo. Mi tierra siempre será mía y las patatas seguirán creciendo.

- Como quieran. Yo les he advertido. – concluyó el encargado del general Herrasti.

30 DE ABRIL DE 1810

Aquella tarde de abril los nimbos encapotaban el cielo. Apenas se vislumbraba un rayo de sol y la oscuridad de las nubes presagiaban un inminente aguacero más propio del invierno que de la primavera.

Los campos agradecían las últimas lluvias caídas y rezumaban explosiones de color. El verde de los campos se mezclaba con el amarillo de algún cultivo de girasol poco cuidado y casi abandonado, el malva de las lilas o el rojo de las amapolas. Las encinas daban cobijo al ganado disperso y distraído. Aunque el escenario era propicio para el recreo visual, el terreno estaba completamente embarrado y difícilmente transitable por la acumulación del agua caída.

Este paisaje no parecía estimular el estado de desanimo de Jean Pierre Godin. Sus pies hinchados, el cansancio del largo recorrido y la perspectiva nebulosa y sangrienta de una nueva contienda con el objetivo de ampliar el imperio napoleónico a territorios que el nunca hubiera imaginado que pisaría en su niñez en Rouen, provocaban el desánimo en el joven soldado francés.

Hacía tiempo que sus sueños albergaban la posibilidad de poseer una pequeña tierra en su ciudad nativa que cultivaría y mimaría y cuyos frutos servirían para alimentar a una mujer hermosa que le diera al menos tres hijos. “La revolución se creó para que todos los hombres pudieran vivir en libertad y en condiciones dignas y no para extender el poder y sembrar la guerra”, pensaba Jean Pierre. Sin embargo a sus recién cumplidos veinticuatro años, se vio obligado a reclutarse. De esta manera al menos podría pasar parte de su paga para el cuidado de su familia a la que su padre anciano, enfermo e imposibilitado para la batalla y el trabajo, ya no podía mantener.

Cuando la tarde ya había avanzado los nimbos cargados de agua arreciaron un torrente de lluvia que caló hasta los huesos a todos los hombres del sexto cuerpo militar. Querían refugiarse, pero no había donde en una planicie interminable. Además quedaban tan sólo ocho kilómetros para su destino y el general Mermet dio orden de continuar hasta llegar al poblado de Pedrotoro. Allí podrían descansar y buscar algún refugio donde secar sus ropas.

El carácter pusilánime, sensible y culto de Jean Pierre contrastaba con la personalidad hosca y agresiva de sus compañeros del sexto cuerpo, que le apodaban “flétri” (mustio). El joven soldado solía estar taciturno y melancólico, lo que daba pie a que algunos de los integrantes de la compañía se mofaran de él con facilidad

- Flétri, mañana toca carne fresca. A ver si esta vez te estrenas. – le espetaba el soldado Jean Claude con una carcajada estrepitosa y contagiosa.

- Flétri, ¿qué te cuentan hoy esos libros que pesan más que lo que valen? – se mofaba su compañero André.

Ante las insinuaciones de sus colegas Jean Pierre solía refugiarse en si mismo y en sus pensamientos. No era feliz. El recuerdo de la casa de sus padres y de su hermana pequeña Juliette le sirvió para aislarse aún más durante el trayecto que aún quedaba por recorrer. Los libros eran otra guarida para “flétri”. Le gustaba leer a los grandes pensadores franceses; filósofos y politólogos que sentaron las bases de la revolución; una revolución que se había difuminado y que había perdido la esencia de sus valores.

La timidez del joven nacido en Rouen se debía también a un físico carente de vigorosidad, lo que le provocaba ciertos complejos de inseguridad. Escuálido y de estatura media, su rostro era afilado y aguileño con mejillas hundidas, nariz curvada y orejas pequeñas.

La intempestiva tarde se fue fundiendo antes de lo previsto, ya que las pertinaces nubes cerraban cualquier atisbo de claridad. Completamente empapados, el 6º cuerpo de Jean Pierre llegaba a Pedrotoro, situado a tan sólo cinco kilómetros del objetivo final de aquel despliegue militar; Ciudad Rodrigo. El trayecto había sido un calvario. Pero aún quedaba lo más duro.

Casi sin tiempo para el descanso y la recuperación el general Mermet dio las primeras instrucciones. Había que reconocer el entorno e intentar recopilar víveres.

2 DE MAYO DE 1810

La huerta hortelana era el principal sustento de la familia Antón. De ella se alimentaba y de ella obtenían las hortalizas que posteriormente comercializaban en el mercado franco de los martes de Ciudad Rodrigo. Estaba situada a unos tres kilómetros de la ciudad y en ella los Antón trabajaban todos los días para la producción de patatas, tomates, zanahorias, cebollas, calabacines, pimientos, lechugas y repollos. Para ayudar en las tareas, los Antón disponían de un percherón viejo y pesado, pero fuerte y robusto. La ganadería la completaban tres gallinas y un cerdo al que se cebaba con el mimo y la consciencia de que sería su suministro de carne a partir del próximo invierno. La casa era austera y sencilla, hecha a base de piedra y argamasa con un salón presidido por una gran mesa central de madera, una chimenea en la que la lumbre solía crepitar durante el crudo invierno y algún apero de labranza disperso desordenadamente entre las paredes.

Los cacharros de cocina se almacenaban en un armario de nogal que ordenaba Graciela con pulcritud. En los cuartos, el mobiliario era también escaso y sencillo; un colchón de plumas grande para el matrimonio junto con un arcón y un armario y un colchón más pequeño en la habitación de Azucena.

La hija de los Antón se parecía a su madre. No era excesivamente alta, a pesar de que su cuerpo ya estaba perfectamente conformado como mujer. De constitución fuerte, las sayas escondían sus caderas anchas y sus fornidas piernas. Sus ojos eran grandes y negros y su mirada profunda parecía mostrar un asombro permanente ante todo lo que veía. Su cara era redonda y su pelo negro y completamente liso, llegándole hasta los hombros.

Aquella noche seguía lloviendo, como lo llevaba haciendo desde hacía dos semanas. Graciela preparaba en la lumbre un caldo con patatas y tocino con rostro serio y sin apenas ganas de hablar. Azucena zurcía unas sayas viejas, mientras su padre Leandro estaba en el establo dando de comer al caballo y al resto del ganado.

La tensa tranquilidad de la casa se truncó cuando en la puerta de madera de roble alguien golpeó con insistencia en dos ocasiones.

“Santo Dios”, pensó Graciela que rápidamente abrazó a su hija.

- ¿Quién va? – preguntó la madre.

- Habrán la puerta, el ejército francés reclama su colaboración. – gritó el soldado Jean Claude.

- No tenemos nada que ofrecerles. Somos una familia pobre. – Suplicó Graciela

- Señora ábranos, aquí afuera está lloviendo. Solo queremos alguna galleta y algo de fruta si es posible y no la molestaremos más. Si no nos tendremos que ver obligados a derribar la puerta y todo será peor. Colabore con nosotros. – advirtió el soldado André que también iba acompañado de “Fletrí”, a quien le caía el agua como un riachuelo a través de su nariz aguileña.

Graciela echó de menos a su marido que debería de haber escuchado a los franceses a pesar del ruido de la tormenta. No sabía que hacer. Estaba paralizada por el miedo. Pensó que quizá todo se resolvería fácilmente dándoles algunas manzanas, algo de trigo y un poco del caldo que estaba cocinando. Con la mano algo temblorosa decidió quitar la tranca de la puerta mientras Azucena se quedó pegada a la piedra de la pared como salvaguardando al menos su espalda.

- Les daré algo de fruta y trigo. Mi marido está a punto de venir – advirtió Graciela intentando persuadirles de otras intenciones.

- Muy amable señora, no le importa que entremos para secarnos un poco- dijo Jean Claude, mientras entraban en el salón. Aquellos militares hablaban casi perfectamente el castellano, después de llevar más de un año en tierras españolas.

- Vaya, si tenemos a toda una moza – insinuó André relamiéndose los labios y mirando a Azucena. Inmediatamente Graciela se puso delante de su hija y dijo: - a mi hija ni la toquen, tan solo tiene dieciocho años, llévense la comida que quieran y déjennos en paz. Nosotros no tenemos nada que ver con esta guerra.

- Pues para tener dieciocho años parece toda una mujer.

- He dicho que se larguen, mi marido está a punto de llegar. Gritó Graciela como suplicando que su esposo la oyera y acudiera a su ayuda.

La paciencia de los franceses era escasa. Muchos días acumulados de lluvias y caminos embarrados y agotadores. André y Jean Claude se miraron mutuamente y pensaron que era el momento de tener una satisfacción. Tanto tiempo lejos de casa, sin sus mujeres cerca. Tanto tiempo purgando por sendas imposibles, arriesgando la vida entre cañonazos y bayonetas. La muerte viajaba junto a ellos y ahora era el momento de dejarla a un lado y disfrutar la vida. Una Graciela temblorosa y una Azucena virginal eran el premio a sus penurias. André agarró a la madre por la melena y la lanzó al suelo de un brusco impulso. La desprotegida Azucena miró desafiante a Jean Claude, quien la miraba con deseo. La agarró fuertemente por el brazo izquierdo y la joven charra irrumpió en un grito desgarrador y desesperado. – Calla fiera – gritó el soldado francés – vas a saber lo que es bueno.

De repente Jean Claude notó en sus costillas la boca húmeda de un fusil.

- Suelta a la chica inmediatamente – le dijo “fletrí” en francés con un tono pausado y sereno.

- Pero que haces imbécil, no te equivoques de enemigo. – le contestó su compañero sin mirar hacia atrás y con la cautela de saberse acosado por un arma.

Por su parte André se mantenía con la madre sujeta en el suelo y no daba crédito a lo que estaba viendo.

- “Fletrí” déjate de estupideces. ¿Qué vas a hacer? ¿Matarnos? ¿Qué le dirás al general? No seas idiota y suelta ese arma. Le dijo desde el suelo, mientras se levantaba lentamente con la madre sujeta fuertemente para que no pudiera escapar.

Las dudas inundaron la mente de “Fletrí”, que buscaba afanosamente una solución a la complicada situación en la que se encontraba. Había tomado un camino de difícil retorno. La materialización de su amenaza ante Jean Claude podría acarrearle un consejo de guerra. Sería su palabra contra la de su compañero André. Estaba en una encrucijada. El sudor empezó a caerle por las sienes sin saber que paso dar. André se dio cuenta del momento de indecisión y soltó a Graciela, que en esos momentos era menos peligrosa. La madre aprovecho para escapar a la calle y encontrar a su marido sin conocimiento, tumbado en un charco de agua. Inmediatamente André arremetió con su ballesta a “Fletrí” que estaba más pendiente de los movimientos de su otro compañero. Pero el joven “Fletrí” se dio cuenta de que André se acercaba hacía él y antes de que este pudiera alcanzarle, le disparó en el abdomen cayendo desplomado a los pies del joven francés. Jean Claude aprovecho para recomponerse y con su poderoso brazo derecho golpeó a “Fletri” que cayó al suelo desarmado. Ahora era Jean Claude el que con su fusil apuntaba a “Fletrí” mientras le decía. – Estúpido reza tu última plegaria- Instantes antes de que Jean Claude disparara su pólvora sobre su compañero, un golpe seco en la espalda lo dejó sin respiración y lentamente fue cayendo arrodillado, para finalmente desplomarse hasta agonizar. Graciela le había clavado un rastrillo en la joroba dando fin a una pesadilla inolvidable.

MÁS TARDE

“Fletrí” volvió a la disciplina del 6º cuerpo del ejercito francés. Justificó la muerte de sus compañeros André y Jean Claude debido a una redada sufrida por los lanceros de Don Julián Sánchez el Charro, de la cual el pudo escapar milagrosamente. Nadie investigó más. La familia Antón se refugió en las murallas de Ciudad Rodrigo donde encontraron refugio gracias a la camaradería de sus vecinos. Allí vivieron el asedio del ejército francés hasta que el pueblo mirobrigense tuvo que ceder al empuje y despliegue galo. La ciudad amurallada había quedado seriamente castigada y devastada y era dominada por el lado invasor. Las fuerzas napoleónicas campaban libremente entre un pueblo que les había plantado cara y al que ahora no le quedaba más remedio que doblar la rodilla y asumir su nuevo destino. A las numerosas bajas españolas sufridas en la defensa de Ciudad Rodrigo se sumó la pérdida de Leandro Antón que dio su vida por proteger a los suyos hasta el último momento.

Con el tiempo la ciudad recuperó su ritmo de vida habitual. La viuda Graciela y la huérfana Azucena volvieron a labrar la tierra y a vender sus productos en el mercado de los martes. Uno de esos martes en los que el sol parecía recuperar fuerza, “Fletrí” se acercó al mercado y se topó con el puesto de las dos mujeres. Azucena lo miró fijamente con sus ojos negros, grandes y profundos. No supo que decirle, por un lado quería ser agradecida y por otro odiaba todo lo que aquel uniforme de tonos azules y blancos representaba. Se miraron durante unos instantes y finalmente ella tomó dos manzanas y se las dio diciéndole: - Son para ti. Son el fruto de mi tierra y de la sangre y el sudor de mi padre.

viernes, 3 de agosto de 2012

LAS SIETE VIRTUDES CAPITALES

La religión nos dejó muy claro cuales son los siete pecados capitales: lujuria, gula avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Para contrarrestar estas tentaciones perversas en las que todos solemos caer alguna vez, el catecismo no marca las siete virtudes con las que podemos hacer frente a tales inclinaciones negativas. Estas virtudes son la humildad, la generosidad, la castidad, la paciencia, la templanza, la caridad y la diligencia. Salvo la tercera, las demás me parecen muy apropiadas y bienvenidas.


Entre el abanico de virtudes de una persona, podríamos añadir bastantes más aspectos que los siete referidos anteriormente por el catecismo. Así podríamos valorar positivamente la inteligencia o la fuerza de voluntad.

Pero aunque todas las virtudes comentadas anteriormente son dignas de alabanza en aquellos que las poseen, para mi hay una virtud que hoy en día adquiere un mayor valor, dada su escasez. Conozco a mucha gente inteligente, lista, despierta y diligente. Aunque cada vez menos, también hay personas generosas, pacientes, templadas y humildes. Pero lo que realmente cuesta encontrar es aquellos/as que se caracterizan por aplicar el sentido común en todos sus actos. Puede haber personas muy inteligentes, pero carentes de ese equilibrio que da la Sensatez.

El inteligente aunque podrá desempeñar grandes tareas y discurrir grandes reflexiones, generalmente aplicará su virtud en beneficio propio y contribuirá a hacer mejor su vida, no la tuya. Sin embargo el sensato siempre guardará la coherencia necesaria para hacer mejor su vida y la tuya basándose siempre en el sentido común, en saber elegir que es lo más adecuado, lo más correcto, lo más ético y lo más humano.

Probablemente con un poquito más de sensatez muchos de los problemas que nos acucian hoy en dia no nos tendrían tan preocupados y la prima de riesgo sería un familiar más afectuoso y amable.

Consciente de la escasa presencia de la sensatez entre las virtudes de nuestra sociedad, al menos me queda el consuelo de que no es la más extinta; la castidad hace que la sensatez no sea hoy en día el farolillo rojo de la clasificación.