La vida te la dan, pero no te la regalan

domingo, 29 de mayo de 2016

TENDIENDO PUENTES



A veces lejos, a veces cerca. A veces de espaldas, a veces de frente, a veces de la mano. Dos culturas, dos ciudades protegidas por paredes ancestrales levantadas para guardar su esencia, para dejar claro que han sufrido, que han luchado en un pasado cada vez más lejano del que sienten cierta melancolía o saudade. Ahora luchan por ser atractivas en un mundo de modernidad. Ellas que de alguna forma se sienten mayores, que sienten el peso de la historia. Quieren sentirse vivas, quieren que no se las olvide y quieren sentirse orgullosas de sí mismas.
Por ello ofrecen buen vino, buen café, buenas carnes para comer, buen bacalao para almoçar o jantar. Por eso ofrecen lo mejor de sí y tienden puentes para unirse, para reivindicarse, para agradecer a quien las aprecia con su visita.  Quieren sentirse queridas y admiradas como señoras coquetas y presumidas. Ellas; Ciudad Rodrigo y Almeida.

Hoy de nuevo esas dos señoras ya mayores pero vitales, volvieron a tender puentes entre ellas. Un sendero fue el cauce, el ocio y el deporte el motivo. El mismo cielo que las vigila fue respetuoso hasta el final y los cien ciclistas pedalearon entre pistas agradables, encinares, sendas embarradas por las profusas lluvias de mayo y sombreados tramos de pinares. Dejando a un lado Carpio de Azaba llegaron a Gallegos de Argañan, para decir hasta luego a España, atravesando Fuentes de Oñoro. La bienvenida a Portugal la da Vilar Formoso. Terreno complicado por el agua y por el barro que lo hace divertido pero costoso. Sâo Pedro es la antesala de Almeida, la cual aparece tras casi 60 km de recorrido serpenteante.

Al finalizar el reto, la vetusta Almeida ofrece reposo y alimento y sus murallas se abren para un centenar de sofocados aventureros.

Premios y buen comer para recompensar y recomponer el cuerpo desgastado, para saborear el esfuerzo realizado.

El puente está tendido

lunes, 11 de abril de 2016

PERSIGUIENDO EL HORIZONTE



La idea era acariciar el mar. Navegarlo, sobrevolarlo, sentirse insignificante ante su inmensidad. Respirar el aire que nace en tierras lejanas portando el aroma de otros pueblos, el olor a brea, a salitre. Sentirlo romper, bramar. La idea era convertir la bicicleta en un velero y que las piernas revolucionadas por el viento del norte nos llevaran por caminos elevados bordeados de abruptos litorales, de escarpados acantilados moldeados por el viento, esculpidos por el rebelde y furioso oleaje. La idea era sentir el temor a la grandiosidad oceánica, avivar el corazón ante la bravura natural, ante el verde azulado iluminado por un atardecer.

Desde Santiago do Cacém hasta Porto Covo, desde Vila Nova de Milfontes hasta Zambujeira do Mar, desde Carrapateira hasta el Cabo de San Vicente, la idea era perseguir el horizonte inconscientes de que es imposible alcanzarlo, inconscientes de que al igual que las aves, tan sólo podremos contemplarlo sin llegarlo a tocar.

La idea era recorrer el Alentejo. Saborear la Rota Vicentina en Portugal, salpicados por las olas del irascible mar. Suerte que la idea se cumplió.





lunes, 14 de marzo de 2016

ROJO AMAPOLA

De aquella fría tarde de enero guardo un recuerdo nebuloso. Me veo tumbada sobre el gélido gres color crema de un suelo  que había barrido y fregado miles de veces y que en ese momento era el fondo en el que contrastaba el rojo oscuro del reguero de sangre que manaba de mi rostro embotado. Allí, casi inconsciente o totalmente inconsciente de lo que realmente sucedía, tuve la sensación de que todo acababa, de que todo moría. Fue en un último golpe de tos cuando tuve la sensación de volver a despertar. Como si de una sacudida se tratará mi cabeza empezó a bullir y a ella comenzaron a llegar recuerdos, preguntas, sensaciones que casi había olvidado.

”¿Dónde esta la roja amapola de aquel jardín de infancia? ¿Dónde quedó el sol de junio al acabar las clases, el vientre de aquel viento suave y embriagador, la cómoda de una habitación repleta de muñecas de trapo, la ternura de las manos desgastadas de mi madre, la mirada cansada de mi padre por encima de unos anteojos apenas reposados en su nariz?

¿Dónde quedó el calor de aquel brasero de cisco guardado en una camilla y un tapete de terciopelo, el café de mamá por la mañana, la miel y la tostada, el adiós de papa para ir a trabajar?

¿Dónde quedó el verano? Todo lo cubrió el invierno y ya no hay brasero. Se fundieron los colores, solo queda el blanco y negro.

Aquella niña no lo esperaba, nunca lo pensó. Aquella niña murió muy pronto. Aquellos tiempos, aquel recuerdo es el sustento del hoy y del mañana, aunque quizá mañana sea tarde”.”

De repente escuché unos pasos por el pasillo. Era Valeria, mi hija que por aquel entonces tenía siete años. Llevaba una maleta en la mano y de su cara corrían dos lágrimas cargadas de sal que irritaban sus mejillas. Se acercó a mí. Me besó en la frente y me dijo: - Mamá vámonos.

Hoy puedo mirar por la ventana. Sin miedo a mirar atrás, y desde mi camilla, entre los visillos, se puede ver un pequeño jardín. Allí, aprovechando la primavera, sobre la alfombra verde de hierba, nace el rojo de las amapolas que crecen sin que nadie se atreva a pisarlas.

jueves, 30 de abril de 2015

LA ESENCIA DEL DEPORTE

Foto: Isa y José Vicente

Dedicado a Chuchi Caridad y a los organizadores y
participantes de la media maratón de Ciudad Rodrigo

El inevitable paso del tiempo había causado estragos en su fisonomía. Sus poderosas y ligeras piernas se habían encorvado y su estómago enmagrecido, haciendo más pesado e insoportable para sus rodillas y caderas llevar un exceso de peso; una carga añadida a la que ya se había acostumbrado. Sin embargo de acordaba con nostalgia de su ligereza juvenil, de la frescura de sus carreras por la banda, del olor a hierba, del calor del público de las gradas, de la carne de gallina tras la consecución de un tanto en el último minuto, de las risas con los compañeros, de la hombría en la disputa de un balón y del orgullo de ser una referencia entre sus colegas del equipo, con los que luego compartiría correrías nocturnas, rememorando la película del partido.

Todo aquello recordaba Andrés antes de que dieran la salida. Una nueva aventura a sus cincuenta años. Un nuevo reto a estas alturas de su vida. Ahora que parecía que las emociones fuertes habían pasado, que eran recuerdos de un tiempo ya lejano, que su corazón latía reposadamente.

Sin embargo ahora su corazón palpitaba casi tanto como cuando estaba en el túnel de vestuarios a punto de salir al campo y la gradería coreaba su nombre. Estaba exaltado y ansioso. A pesar del tiempo y la madurez acumulada, volvía a sentir un gusanillo en el estómago. Y eso que ahora no había un rival con el que competir, salvo el mismo, no había unos colores que defender, no había un marcador, ni una portería. El competía consigo mismo y no con los mil compañeros que como el iban a iniciar su particular reto.

Había entrenado, pero no sabía si sería capaz de llegar a la meta, de recorrer esos algo más de 21 kilómetros que tenía por delante.  Los primeros 5 Km. tuvo que contener la emoción del ambiente y no dejarse llevar por que otros compañeros fueran más rápido que el, no fuera a ser que luego lo pagara y no pudiera culminar su propósito.

Después, poco a poco fue adquiriendo un trote regular y una respiración más uniforme hasta que empezó a relajarse, e incluso a disfrutar de lo que estaba viviendo.

Su respiración era constante, aunque un tanto jadeante y forzada. En el Km. 10 llegaron los primeros síntomas de cansancio y las dudas de si podría acabar. “Tengo que beber, tengo que hidratarme”, pensaba para si mismo. Una rodilla se quejaba después de una hora soportando el peso de su cuerpo al correr, pero se había acostumbrado a esas molestias.


El sudor empapaba su camiseta. El calor era intenso y los pezones sangraban por el roce y el salitre del sudor. Poco a poco fue descolgándose del pelotón de atletas hasta ocupar las últimas posiciones. En el Km. 17 ya era el último y el sufrimiento crecía. Las dudas le volvían a invadir pero la gente le animaba a seguir luchando contra si mismo, contra el paso del tiempo, contra su cuerpo envejecido, contra sus piernas cansadas. Una última cuesta en el recorrido acabó por cercenar las últimas reservas, pero el objetivo estaba cerca, tan sólo era cuestión de dejarse llevar. Ya casi se veía la meta al fondo de una recta interminable. Una recta en la que tuvo tiempo de ser consciente del esfuerzo, de recrearse en lo conseguido. Dolorido y agotado se volvió a acordar de cuando era un joven y pateaba un balón en los campos de fútbol abarrotados y de cuando era el rey y la referencia de toda una afición. Pero aquellas vivencias, aquellos felices recuerdos le parecían ahora un tanto pueriles, si se tenía en cuenta que por aquel entonces era joven y tenía salud. Lo que estaba a punto de conseguir era realmente más meritorio. Ahora no era el líder, ni siquiera un referente, salvo para la ambulancia que cerraba la carrera y el guardia civil que le acompañaba y que estaba deseoso de que acabara. No había rivales vencidos, no había ganadores, ni siquiera había conseguido una marca digna de ser comentada en los corrillos posteriores. A pesar de ello, afrontó el arco de meta cerrando los ojos para que no se le escapara una lágrima, dejándose llevar y disfrutando más que nunca de lo había hecho, de lo que había conseguido; superarse a si mismo. Mientras  su hijo y su mujer lo esperaban al otro lado de la línea de meta, más orgullosos de el que nunca, su corazón latía agradecido.

domingo, 1 de marzo de 2015

VIAJANDO EN CALESA



Ni el ruido de fondo
Ni el olor a hospitales
Ni la mugre de los arrabales
Ni el dolor más hondo

Ni el tedio de la rutina
Ni el frío de la madrugada
Ni el descuido de un hada
Ni el dislate de tu vecina

Ni el rugido de la televisión
Ni la queja de tu pareja
Enredando la madeja
Ni el debate de la nación

Ni el frío y largo invierno
Ni el stress del trabajo
Ni trabajar a destajo
Ni el temor al infierno

Te impidan ver la belleza
Valorar una sonrisa
Y aprovechar aquella brisa
Para despedir a la pereza

Te impidan ver con sorpresa
Como vuelve a amanecer
Te impidan ver con placer
La vida viajando en calesa

sábado, 7 de febrero de 2015

BALANCE

La lectura de Anna Karenina de Lev Tolstoi marcó a este como uno de mis autores de referencia. Quizá por ello los Reyes Magos pensaron que sería oportuno y conveniente dejar en mis manos el relato “La muerte de Ivan Ilich”, del propio autor ruso y la elección fue un acierto.

Debido a que lo importante de la historia no es un desenlace inesperado final, no destrozaré su posible lectura si desvelo que el mismo versa sobre la muerte por cáncer de un juez que en sus momentos finales toma conciencia de que su vida no ha sido lo que debería ser. Salvando las distancias entre Tolstoi y yo, la esencia de la historia tiene ciertas similitudes con mis dos novelas y más especialmente con “A la sombra del atardecer”, donde a través del protagonista principal hago balance de su vida hasta el final de la misma.

Acabo de terminar de leer el relato de Tolstoi y la primera reflexión que viene a mi mente es que pocas cosas deben ser tan demoledoras en la vida, como ver llegar el final de la misma, repasar lo que dejas atrás, lo que has vivido y comprobar que no has sacado nada en conclusión, que nada ha sido como debería, y que todo ha estado mal enfocado.  Difícilmente puede haber un final más siniestro en el que a la dureza de una muerte esperada se une el fracaso de una vida inútilmente desperdiciada. Quizá en este caso hasta la muerte puede ser un alivio.

Los nuevos tiempos nos llevan a vidas express, sin pausa, y en la mayoría de los casos marcadas por un destino y unas circunstancias en el que difícilmente podemos intervenir.  ¿Qué porcentaje de nuestra vida es elegida y qué porcentaje es impuesta por las circunstancias? ¿Llevamos la vida que queremos? ¿Nos hemos parado a pensarlo alguna vez? Aunque no tengamos la vida soñada a la que aspirábamos y a la que muy pocos afortunados pueden alcanzar en este mundo convulso y difícil, conviene hacer balance de vez en cuando, para que cuando nos venga a visitar la parca no nos pille desprevenidos y tengamos una sorpresa desagradable.


No obstante toda esta reflexión va íntimamente ligada con el nivel de exigencia que cada uno tenga de la vida y quizá a la hora de tratar de buscar la vida ideal nos sea útil aquella frase que dice que “no es más feliz aquel que más tiene, si no quien menos necesita”.

jueves, 30 de octubre de 2014

NOVIEMBRE


Llega noviembre, como casi siempre; con su abrigo en la mano y un montón de ropa en la mochila. 

Llega con un gesto triste y melancólico, echando de menos a los que ya no están, a los que nos dejaron.

Llega frío, oscuro y nocturno, robándole horas al sol y cubriendo los campos de escarcha. 

Noviembre siempre fue amigo del brasero, de la manta en el sofá, de la bufanda en la calle, del refugio en el cine. 

Para ocultar su tristeza, últimamente le gusta llegar disfrazado y maquillado. Quiere alejar su mala fama de nostálgico y por eso nos da la bienvenida organizándose una fiesta y burlándose de la muerte.

Llega acompañado por la melodía de una balada de otoño, con la intención de desnudar los árboles, ahora que más necesitan de abrigo, para enmoquetar los caminos de hojas rojizas y resecas. 

Y llega noviembre, mitad escorpión, mitad sagitario, para albergar aniversarios, para hacernos un poco más viejos, y para hacernos ver como una nueva hoja amarillenta se cae del calendario.

sábado, 15 de marzo de 2014

SE LA VEÍA VENIR

Ya se la veía venir. Estaba a punto de llegar cuando una cigüeña blanca y negra cortaba el viento soportando en su pico una rama, para construir su nido sobre un viejo ciprés que ya la echaba de menos en su copa. Estaba a punto de llegar cuando una hilera de cerezos sonrosaban una mañana en la que el sol se sentía cómodo y orgulloso, en la que un cielo iba del azul al gris a medida que se juntaba con la lejanía del horizonte. Estaba a punto de llegar cuando la tierra parecía efervescer, bullir, vestirse de colores, verdear. Estaba a punto de llegar aquella mañana, cuando al abrir la ventana para ver como llegaba, un jilguero jovial y juguetón cantaba una melodía improvisada como si un músico de jazz hubiera cambiado la oscuridad de un viejo tugurio por la claridad del día abierto y fresco.


Ya se la veía venir. Era una mañana cualquiera, era en un pueblo cualquiera, cuando estaba a punto de llegar la primavera.

sábado, 20 de abril de 2013

A UNA FIEL COMPAÑERA

¿Qué sería la vida sin ti? Te debo mucho. Ciertamente tengo que agradecerte que me hayas acompañado en todos esos ratos de soledad y en muchos momentos tan especiales. Hiciste que los viajes parecieran una película, que el amor fuera más terciopelo, que el desamor más llevadero, que la noche más alegre y el alba más vitalista.


Siempre estabas ahí, al principio guardada en un traje negro brillante. Luego te cambiaron de osamenta para que fueras más discreta y casi ni se te viera. Ahora estás en cualquier lugar de la casa, casi desperdigada. Perdiste tu forma pero no tu voz. Una voz que nunca nadie podrá acallar; una voz diversa que siempre sonará aunque sea en mi mente; una voz que hoy te anima; un sonido que te pondrá los pelos de punta. Fuiste y serás la que acompaña cuando lloras, la que te columpia cuando ríes o la que te habla cuando quieres conversación. Nunca fallas. Hoy serás una canción, mañana una sinfonía, pasado un rock and roll, quizá el domingo seas un bolero o una cumbia y siempre, siempre, serás la música; esa que pone la banda sonora a toda una vida. Esa que te acompaña cuando lloras o que te columpia cuando ries.

sábado, 16 de marzo de 2013

TU PROPIA PELÍCULA

El tiempo hace su trabajo escrupulosamente, sin alteraciones. Uno no se da apenas cuenta, pero cuando te percatas, el tiempo alimentó un pasado que ha crecido más de lo que se esperaba.


El tiempo pasa sin desfallecer, sin desasosiego y entonces miras hacía atrás y apenas puedes ver el principio. A duras penas podrás ver el comienzo de esa película que poco a poco vas gestando. Esa película que todos vamos construyendo. Única, particular. Esa película en la que hay escenas que se censuran y que se guardan en el arcón de los recuerdos, o mejor dicho, de los secretos. Esa película en la que grabamos aquellos momentos que nos pusieron la carne de gallina. Esa película en la que lloramos, en la que sufrimos, en la que también nos reímos, en la que amamos y peleamos por vivir, y en la que nos equivocamos. Una película en la que borraras muchos momentos porque no cabe ponerlos todos.

Con el tiempo y con la serenidad necesaria uno podrá contemplar esa película como si de un trailer se tratara y entonces quizá sonreirá con nostalgia, apenas arrugando la mejilla derecha. Si la vida no fue muy cruel quizá diga que no ha estado mal hasta el momento. Si fuera un soñador podrá decir que aún quedan muchas escenas por diseñar y grabar. Pero el pesimista añadirá que aún queda un tortuoso y complicado guión por escribir. El anciano por su parte pensará que esta película se va acabando y que pronto llegará el final.

Así, de esta manera, cada uno, con la ayuda del tiempo, va elaborando su propia historia, su propio guión, su propia película.

sábado, 2 de febrero de 2013

UN SOPLO DE AIRE FRESCO

Volver a ver a Ismael Serrano en un concierto ha supuesto un soplo de aire fresco, una ráfaga de viento ensoñador que viene a refrescar una mente atrofiada por la ausencia de valores de los tiempos en los que vivimos, por la escasez de ética de la sociedad, por la vulgaridad de la rutina y por el agotador azote de una crisis que nos harta y desmotiva.

Ismael pertenece a esa estirpe en peligro de extinción que todavía cree en las utopías y que alimenta la esperanza de que el mundo puede ser mejor de lo que es y después de tres horas de melosas melodías sales casi entregado y convencido del mensaje que brota de su garganta.

“Alguno dijo en las redes sociales que te compras un disco de Isamel Serrano, lo metes en el bolsillo y se te duerme la pierna” bromeaba el propio artista, demostrando que no solo es un chico serio lanzando misivas de cambio e ilusión. Y aunque la ironía malintencionada se hace eco del tono sereno que mantiene en el escenario, es quizá este sosiego el que uno agradece. El que vaya en busca de sonidos que impulsen sus caderas apenas encontrará alicientes, pero si quedará enormemente satisfecho aquel que busca la complicidad y la cercanía de una voz intimista y cálida, casi desnuda por la ausencia de una orquestación más recargada, que suena cercana y acogedora como el último abrazo de una noche de frío invierno. Y es que a veces uno agradece que se calle el ruido de fondo que nos acompaña en la cotidianeidad, para que alguien nos meza y nos hipnotice acomodados entre baladas de algodón, entre conversaciones y diálogos comprometidos, entre el buen hacer de un piano que arropa la voz de autor y de una guitarra que casi nunca le abandona y que añade más leña a la lumbre que da calor al encuentro.

Para los que albergamos un alma que se deja llevar fácilmente por las ilusiones, Ismael representa un ejemplo de lo que quisimos haber sido y no fuimos y una especie de envidia y de frustración nos invade al comprobar que otros han sido capaces de ponerse en pie y decir “señores este soy yo y vengo a cantarles lo que yo llevo dentro”, con la suerte añadida de que a los que acudimos a escuchar su canto, nos gusta y se lo agradecemos. ¿Qué más se puede pedir en esta vida? No pudiste tener mejor camino, amigo Ismael.


SI SE CALLASE EL RUIDO



sábado, 26 de enero de 2013

PODER IR DISTRAIDO SIN CORRER PELIGRO

El arte de escribir canciones debe de incluir la capacidad de expresar mucho y acertadamente, en pocas palabras. No es nueva mi admiración por aquellos que se desenvuelven con facilidad dentro de dicha habilidad artística. Y tampoco es nuevo que ponga como ejemplo y referencia al maestro Serrat, ahora venido a menos y dedicado a divertimentos con cierto colega, también habilidoso en el arte de la composición de canciones, pero con menos carga de profundidad y elegancia que el primero, aunque para esto habrá muchas opiniones, tantas como los gustos por los colores.


Hace unos días que reflexiono sobre una de esas frases del cantautor catalán que a uno le hacen pensar. La frase que no me saco de la cabeza pertenece al tema “Sería Fantastic” y dice, entre otras cosas, que sería fantástico “poder ir distraído sin correr peligro”.

Para uno, que sale a padre, y que desde pequeño ya apuntaba a ser un gran distraído, la frase no le deja indiferente. Son muchos los problemas que hay que ir tapando cuando bajas la guardia, cuando te despistas un segundo, o cuando por carencia, por descuido o relajación, te quedas mirando pasar el tren.

El mundo que nos toca vivir nos permite pocas distracciones. Hay que mantenerse alerta no sea que pierdas el trabajo, o que no lo encuentres rápidamente, no sea que tu vecino te avasalle, no sea que pierdas tu situación y estatus, no sea que pierdas tu mejor oportunidad en la vida para ser más feliz, o no sea que el amor pase sin decirte ni siquiera hasta luego.

Entre estas reflexiones me vienen a la mente los documentales de la 2 en los que podemos ver explícitamente como cada especie debe estar en permanente estado de atención hacia los peligros que en su hábitat existen. Aquel animal que se distrae por un segundo puede caer en las garras de su peor enemigo. Al igual que el entorno animal es una jungla de supervivencia en la que no se permiten relajaciones, en el mundo humano es un lujo descuidar tus defensas.

De esta manera al catálogo de lujos ya conocidos, como tener un buen coche, o una buena casa mirando al mar en la que podamos ver la puesta de sol más hermosa, tendremos que añadir la posibilidad de, al menos de vez en cuando, “poder ir distraído, sin correr peligro”.

SERÍA FANTASTIC/SERÍA FANTÁSTICO

Dicen..

Sería fantástico

que andara equivocado

y que el water no estuviera ocupado.



Que hiciera un buen día

y que no nos engañaran en el peso.

Que San Pedro, no cantase ni aunque le pagaran.



Sería fantástico

que nada fuera urgente.

No pasar nunca de largo y servir para algo.

Ir por la vida sin cumplidos

llamando a las cosas por su nombre.

Cobrar en especies y sentirse bien tratado

y mearse de risa y dejar volar la fantasía.



Sería todo un detalle,

todo un síntoma de urbanidad,

que no perdiesen siempre los mismos

y que heredasen los desheredados.



Sería fantástico

que ganara el mejor

y que la fuerza no fuera la razón.



Que se instalara en mi barrio

el paraíso terrenal.

Que la ciencia fuera neutral.



Sería fantástico

no pasar por el tubo.

Que todo fuera como está mandado y nadie mandara.

Que llegara el día del sentido común.

Encontrarse como en casa en todas partes.

Poder ir distraído sin correr peligro.

Sería fantástico que todos fuéramos hijos de Dios.



Sería todo un detalle

y todo un gesto, por tu parte,

que coincidiéramos, te dejaras convencer

y fueses como yo siempre te imagine.

martes, 1 de enero de 2013

VIEJA SEÑORA

Te quedaste anclada en el pasado mirando fijamente a las aguas que te riegan y viendo entre el oleaje el reflejo de tu juventud. En aquellos tiempos fuiste reina y puerto, y como tal eras partida y llegada. Eras vanguardia, y tu luz brillaba más que nunca.

Ahora algunos dicen que estas un poco descuidada, que te has abandonado, que ya no eres la misma de antes. El tiempo pasa. Es cierto. Pero la vejez hay que llevarla con elegancia y sobriedad y no con las imposturas de un triste maquillaje artificial.

Es cierto que las arrugas delatan tu edad, pero tú nunca quisiste ocultar el paso del tiempo ni teñir tu cielo gris y canoso plagado de melancolía.

Miras y miras una vez más al horizonte azul del oeste buscando el recuerdo de tus hijos que se fueron hacia otras tierras y hacia otro calor.

Pero junto a ti se quedaron otros que no hacen más que lamentarse por tus calles empinadas con quejas desgarradas acompañadas de guitarras lastimeras.

Has llorado muchas veces y tu llanto llenó ese río que parece un mar y que un mar es si alargas tu mano.

Algunos dicen que ya no eres la misma. Yo sin embargo sigo viendo en ti una auténtica señora, tierna, sentimental y sensible. La misma vieja y acogedora señora de siempre. La dulce Lisboa.


jueves, 27 de septiembre de 2012

EL FRUTO DE MI TIERRA

20 DE ABRIL DE 1810



Era ya casi de noche cuando golpearon en la puerta de madera de la casa de la familia Antón.
Graciela se asustó al sentir el golpeo fuerte y seguro de la llamada.

- ¿Quién va? – preguntó.

- El alguacil Abelardo. – se escuchó desde el otro lado de la puerta. Graciela abrió con desconfianza y extrañeza.

- ¿Qué le trae por aquí a estas horas? – preguntó la señora de la casa.

- Buenas noches Graciela. ¿Podría hablar con Leandro? – preguntó el alguacil.

- Está encerrando al caballo y dándole de comer. Ha estado preparando los bancales.

- Ya estoy aquí alguacil – gritó a lo lejos con voz grave Leandro Antón. - ¿Qué le trae por aquí a estas horas? Ya es momento de cenar.

- Mejor se lo cuento dentro si no les importa. Tardaré sólo unos segundos.

- Pase. Graciela, sácale un orujo al señor alguacil. Usted siéntese. – le dijo en tono cansado, mientras dejaba el legón sobre la piedra de la pared.

Una vez todos sentados alrededor de la mesa de madera de pino, Abelardo, el alguacil, tornó el rictus de su rostro adquiriendo un tono de severidad y formalismo.

- Les traigo instrucciones del general Pérez de Herrasti para que abandonen la casa lo antes posible y se alojen, al menos temporalmente, dentro de las murallas. Tenemos constancia de que el ejercito francés se dirige hacia aquí con intenciones de tomar la ciudad. El general les advierte que aquí no puede garantizar su seguridad y les invita a refugiarse en la ciudad. Pensamos que el ejército francés estará aquí en un par de días.

- Virgen de Dios- exclamó Graciela mientras su marido miraba fijamente al vaso de orujo. Tras un momento de silencio en el que se palpaba la preocupación Leandro afirmó: - de aquí no nos movemos Graciela.

- Pero cariño, ¿sabes lo que nos espera si nos quedamos aquí?- replicó la esposa.

- ¿Y a dónde quieres que vayamos? No tenemos quien nos de cobijo dentro de las murallas.

- El general ha habilitado unas dependencias para que puedan vivir el tiempo necesario. Eso si, tendrán que compartir el alojamiento con otros vecinos en su misma situación. – explicó el alguacil.

- Me da igual. No pienso abandonar lo único que poseo. Esta tierra es lo que mantiene a mi familia, si la dejo puede que ya nunca vuelva a recuperarla.-

- Pero Leandro, por favor aquí seremos presa fácil de los franceses, quién sabe lo que nos harán. Piensa en tu hija. Tan sólo tiene dieciocho años.

- Graciela, ya está pensado y no se hable más. ¿Qué interés puede tener una familia como la nuestra para los franceses? Pasarán de largo y se ocuparan de la ciudad fortificada. Eso es lo que les interesa, no dos hortelanos y una niña adolescente. Nosotros no somos sus objetivos.

- Leandro, piénseselo. Puede haber saqueos y quien sabe que más. – adujo el alguacil.

- Prefiero que me roben a perderlo todo. Mi tierra siempre será mía y las patatas seguirán creciendo.

- Como quieran. Yo les he advertido. – concluyó el encargado del general Herrasti.

30 DE ABRIL DE 1810

Aquella tarde de abril los nimbos encapotaban el cielo. Apenas se vislumbraba un rayo de sol y la oscuridad de las nubes presagiaban un inminente aguacero más propio del invierno que de la primavera.

Los campos agradecían las últimas lluvias caídas y rezumaban explosiones de color. El verde de los campos se mezclaba con el amarillo de algún cultivo de girasol poco cuidado y casi abandonado, el malva de las lilas o el rojo de las amapolas. Las encinas daban cobijo al ganado disperso y distraído. Aunque el escenario era propicio para el recreo visual, el terreno estaba completamente embarrado y difícilmente transitable por la acumulación del agua caída.

Este paisaje no parecía estimular el estado de desanimo de Jean Pierre Godin. Sus pies hinchados, el cansancio del largo recorrido y la perspectiva nebulosa y sangrienta de una nueva contienda con el objetivo de ampliar el imperio napoleónico a territorios que el nunca hubiera imaginado que pisaría en su niñez en Rouen, provocaban el desánimo en el joven soldado francés.

Hacía tiempo que sus sueños albergaban la posibilidad de poseer una pequeña tierra en su ciudad nativa que cultivaría y mimaría y cuyos frutos servirían para alimentar a una mujer hermosa que le diera al menos tres hijos. “La revolución se creó para que todos los hombres pudieran vivir en libertad y en condiciones dignas y no para extender el poder y sembrar la guerra”, pensaba Jean Pierre. Sin embargo a sus recién cumplidos veinticuatro años, se vio obligado a reclutarse. De esta manera al menos podría pasar parte de su paga para el cuidado de su familia a la que su padre anciano, enfermo e imposibilitado para la batalla y el trabajo, ya no podía mantener.

Cuando la tarde ya había avanzado los nimbos cargados de agua arreciaron un torrente de lluvia que caló hasta los huesos a todos los hombres del sexto cuerpo militar. Querían refugiarse, pero no había donde en una planicie interminable. Además quedaban tan sólo ocho kilómetros para su destino y el general Mermet dio orden de continuar hasta llegar al poblado de Pedrotoro. Allí podrían descansar y buscar algún refugio donde secar sus ropas.

El carácter pusilánime, sensible y culto de Jean Pierre contrastaba con la personalidad hosca y agresiva de sus compañeros del sexto cuerpo, que le apodaban “flétri” (mustio). El joven soldado solía estar taciturno y melancólico, lo que daba pie a que algunos de los integrantes de la compañía se mofaran de él con facilidad

- Flétri, mañana toca carne fresca. A ver si esta vez te estrenas. – le espetaba el soldado Jean Claude con una carcajada estrepitosa y contagiosa.

- Flétri, ¿qué te cuentan hoy esos libros que pesan más que lo que valen? – se mofaba su compañero André.

Ante las insinuaciones de sus colegas Jean Pierre solía refugiarse en si mismo y en sus pensamientos. No era feliz. El recuerdo de la casa de sus padres y de su hermana pequeña Juliette le sirvió para aislarse aún más durante el trayecto que aún quedaba por recorrer. Los libros eran otra guarida para “flétri”. Le gustaba leer a los grandes pensadores franceses; filósofos y politólogos que sentaron las bases de la revolución; una revolución que se había difuminado y que había perdido la esencia de sus valores.

La timidez del joven nacido en Rouen se debía también a un físico carente de vigorosidad, lo que le provocaba ciertos complejos de inseguridad. Escuálido y de estatura media, su rostro era afilado y aguileño con mejillas hundidas, nariz curvada y orejas pequeñas.

La intempestiva tarde se fue fundiendo antes de lo previsto, ya que las pertinaces nubes cerraban cualquier atisbo de claridad. Completamente empapados, el 6º cuerpo de Jean Pierre llegaba a Pedrotoro, situado a tan sólo cinco kilómetros del objetivo final de aquel despliegue militar; Ciudad Rodrigo. El trayecto había sido un calvario. Pero aún quedaba lo más duro.

Casi sin tiempo para el descanso y la recuperación el general Mermet dio las primeras instrucciones. Había que reconocer el entorno e intentar recopilar víveres.

2 DE MAYO DE 1810

La huerta hortelana era el principal sustento de la familia Antón. De ella se alimentaba y de ella obtenían las hortalizas que posteriormente comercializaban en el mercado franco de los martes de Ciudad Rodrigo. Estaba situada a unos tres kilómetros de la ciudad y en ella los Antón trabajaban todos los días para la producción de patatas, tomates, zanahorias, cebollas, calabacines, pimientos, lechugas y repollos. Para ayudar en las tareas, los Antón disponían de un percherón viejo y pesado, pero fuerte y robusto. La ganadería la completaban tres gallinas y un cerdo al que se cebaba con el mimo y la consciencia de que sería su suministro de carne a partir del próximo invierno. La casa era austera y sencilla, hecha a base de piedra y argamasa con un salón presidido por una gran mesa central de madera, una chimenea en la que la lumbre solía crepitar durante el crudo invierno y algún apero de labranza disperso desordenadamente entre las paredes.

Los cacharros de cocina se almacenaban en un armario de nogal que ordenaba Graciela con pulcritud. En los cuartos, el mobiliario era también escaso y sencillo; un colchón de plumas grande para el matrimonio junto con un arcón y un armario y un colchón más pequeño en la habitación de Azucena.

La hija de los Antón se parecía a su madre. No era excesivamente alta, a pesar de que su cuerpo ya estaba perfectamente conformado como mujer. De constitución fuerte, las sayas escondían sus caderas anchas y sus fornidas piernas. Sus ojos eran grandes y negros y su mirada profunda parecía mostrar un asombro permanente ante todo lo que veía. Su cara era redonda y su pelo negro y completamente liso, llegándole hasta los hombros.

Aquella noche seguía lloviendo, como lo llevaba haciendo desde hacía dos semanas. Graciela preparaba en la lumbre un caldo con patatas y tocino con rostro serio y sin apenas ganas de hablar. Azucena zurcía unas sayas viejas, mientras su padre Leandro estaba en el establo dando de comer al caballo y al resto del ganado.

La tensa tranquilidad de la casa se truncó cuando en la puerta de madera de roble alguien golpeó con insistencia en dos ocasiones.

“Santo Dios”, pensó Graciela que rápidamente abrazó a su hija.

- ¿Quién va? – preguntó la madre.

- Habrán la puerta, el ejército francés reclama su colaboración. – gritó el soldado Jean Claude.

- No tenemos nada que ofrecerles. Somos una familia pobre. – Suplicó Graciela

- Señora ábranos, aquí afuera está lloviendo. Solo queremos alguna galleta y algo de fruta si es posible y no la molestaremos más. Si no nos tendremos que ver obligados a derribar la puerta y todo será peor. Colabore con nosotros. – advirtió el soldado André que también iba acompañado de “Fletrí”, a quien le caía el agua como un riachuelo a través de su nariz aguileña.

Graciela echó de menos a su marido que debería de haber escuchado a los franceses a pesar del ruido de la tormenta. No sabía que hacer. Estaba paralizada por el miedo. Pensó que quizá todo se resolvería fácilmente dándoles algunas manzanas, algo de trigo y un poco del caldo que estaba cocinando. Con la mano algo temblorosa decidió quitar la tranca de la puerta mientras Azucena se quedó pegada a la piedra de la pared como salvaguardando al menos su espalda.

- Les daré algo de fruta y trigo. Mi marido está a punto de venir – advirtió Graciela intentando persuadirles de otras intenciones.

- Muy amable señora, no le importa que entremos para secarnos un poco- dijo Jean Claude, mientras entraban en el salón. Aquellos militares hablaban casi perfectamente el castellano, después de llevar más de un año en tierras españolas.

- Vaya, si tenemos a toda una moza – insinuó André relamiéndose los labios y mirando a Azucena. Inmediatamente Graciela se puso delante de su hija y dijo: - a mi hija ni la toquen, tan solo tiene dieciocho años, llévense la comida que quieran y déjennos en paz. Nosotros no tenemos nada que ver con esta guerra.

- Pues para tener dieciocho años parece toda una mujer.

- He dicho que se larguen, mi marido está a punto de llegar. Gritó Graciela como suplicando que su esposo la oyera y acudiera a su ayuda.

La paciencia de los franceses era escasa. Muchos días acumulados de lluvias y caminos embarrados y agotadores. André y Jean Claude se miraron mutuamente y pensaron que era el momento de tener una satisfacción. Tanto tiempo lejos de casa, sin sus mujeres cerca. Tanto tiempo purgando por sendas imposibles, arriesgando la vida entre cañonazos y bayonetas. La muerte viajaba junto a ellos y ahora era el momento de dejarla a un lado y disfrutar la vida. Una Graciela temblorosa y una Azucena virginal eran el premio a sus penurias. André agarró a la madre por la melena y la lanzó al suelo de un brusco impulso. La desprotegida Azucena miró desafiante a Jean Claude, quien la miraba con deseo. La agarró fuertemente por el brazo izquierdo y la joven charra irrumpió en un grito desgarrador y desesperado. – Calla fiera – gritó el soldado francés – vas a saber lo que es bueno.

De repente Jean Claude notó en sus costillas la boca húmeda de un fusil.

- Suelta a la chica inmediatamente – le dijo “fletrí” en francés con un tono pausado y sereno.

- Pero que haces imbécil, no te equivoques de enemigo. – le contestó su compañero sin mirar hacia atrás y con la cautela de saberse acosado por un arma.

Por su parte André se mantenía con la madre sujeta en el suelo y no daba crédito a lo que estaba viendo.

- “Fletrí” déjate de estupideces. ¿Qué vas a hacer? ¿Matarnos? ¿Qué le dirás al general? No seas idiota y suelta ese arma. Le dijo desde el suelo, mientras se levantaba lentamente con la madre sujeta fuertemente para que no pudiera escapar.

Las dudas inundaron la mente de “Fletrí”, que buscaba afanosamente una solución a la complicada situación en la que se encontraba. Había tomado un camino de difícil retorno. La materialización de su amenaza ante Jean Claude podría acarrearle un consejo de guerra. Sería su palabra contra la de su compañero André. Estaba en una encrucijada. El sudor empezó a caerle por las sienes sin saber que paso dar. André se dio cuenta del momento de indecisión y soltó a Graciela, que en esos momentos era menos peligrosa. La madre aprovecho para escapar a la calle y encontrar a su marido sin conocimiento, tumbado en un charco de agua. Inmediatamente André arremetió con su ballesta a “Fletrí” que estaba más pendiente de los movimientos de su otro compañero. Pero el joven “Fletrí” se dio cuenta de que André se acercaba hacía él y antes de que este pudiera alcanzarle, le disparó en el abdomen cayendo desplomado a los pies del joven francés. Jean Claude aprovecho para recomponerse y con su poderoso brazo derecho golpeó a “Fletri” que cayó al suelo desarmado. Ahora era Jean Claude el que con su fusil apuntaba a “Fletrí” mientras le decía. – Estúpido reza tu última plegaria- Instantes antes de que Jean Claude disparara su pólvora sobre su compañero, un golpe seco en la espalda lo dejó sin respiración y lentamente fue cayendo arrodillado, para finalmente desplomarse hasta agonizar. Graciela le había clavado un rastrillo en la joroba dando fin a una pesadilla inolvidable.

MÁS TARDE

“Fletrí” volvió a la disciplina del 6º cuerpo del ejercito francés. Justificó la muerte de sus compañeros André y Jean Claude debido a una redada sufrida por los lanceros de Don Julián Sánchez el Charro, de la cual el pudo escapar milagrosamente. Nadie investigó más. La familia Antón se refugió en las murallas de Ciudad Rodrigo donde encontraron refugio gracias a la camaradería de sus vecinos. Allí vivieron el asedio del ejército francés hasta que el pueblo mirobrigense tuvo que ceder al empuje y despliegue galo. La ciudad amurallada había quedado seriamente castigada y devastada y era dominada por el lado invasor. Las fuerzas napoleónicas campaban libremente entre un pueblo que les había plantado cara y al que ahora no le quedaba más remedio que doblar la rodilla y asumir su nuevo destino. A las numerosas bajas españolas sufridas en la defensa de Ciudad Rodrigo se sumó la pérdida de Leandro Antón que dio su vida por proteger a los suyos hasta el último momento.

Con el tiempo la ciudad recuperó su ritmo de vida habitual. La viuda Graciela y la huérfana Azucena volvieron a labrar la tierra y a vender sus productos en el mercado de los martes. Uno de esos martes en los que el sol parecía recuperar fuerza, “Fletrí” se acercó al mercado y se topó con el puesto de las dos mujeres. Azucena lo miró fijamente con sus ojos negros, grandes y profundos. No supo que decirle, por un lado quería ser agradecida y por otro odiaba todo lo que aquel uniforme de tonos azules y blancos representaba. Se miraron durante unos instantes y finalmente ella tomó dos manzanas y se las dio diciéndole: - Son para ti. Son el fruto de mi tierra y de la sangre y el sudor de mi padre.

viernes, 3 de agosto de 2012

LAS SIETE VIRTUDES CAPITALES

La religión nos dejó muy claro cuales son los siete pecados capitales: lujuria, gula avaricia, pereza, ira, envidia y soberbia. Para contrarrestar estas tentaciones perversas en las que todos solemos caer alguna vez, el catecismo no marca las siete virtudes con las que podemos hacer frente a tales inclinaciones negativas. Estas virtudes son la humildad, la generosidad, la castidad, la paciencia, la templanza, la caridad y la diligencia. Salvo la tercera, las demás me parecen muy apropiadas y bienvenidas.


Entre el abanico de virtudes de una persona, podríamos añadir bastantes más aspectos que los siete referidos anteriormente por el catecismo. Así podríamos valorar positivamente la inteligencia o la fuerza de voluntad.

Pero aunque todas las virtudes comentadas anteriormente son dignas de alabanza en aquellos que las poseen, para mi hay una virtud que hoy en día adquiere un mayor valor, dada su escasez. Conozco a mucha gente inteligente, lista, despierta y diligente. Aunque cada vez menos, también hay personas generosas, pacientes, templadas y humildes. Pero lo que realmente cuesta encontrar es aquellos/as que se caracterizan por aplicar el sentido común en todos sus actos. Puede haber personas muy inteligentes, pero carentes de ese equilibrio que da la Sensatez.

El inteligente aunque podrá desempeñar grandes tareas y discurrir grandes reflexiones, generalmente aplicará su virtud en beneficio propio y contribuirá a hacer mejor su vida, no la tuya. Sin embargo el sensato siempre guardará la coherencia necesaria para hacer mejor su vida y la tuya basándose siempre en el sentido común, en saber elegir que es lo más adecuado, lo más correcto, lo más ético y lo más humano.

Probablemente con un poquito más de sensatez muchos de los problemas que nos acucian hoy en dia no nos tendrían tan preocupados y la prima de riesgo sería un familiar más afectuoso y amable.

Consciente de la escasa presencia de la sensatez entre las virtudes de nuestra sociedad, al menos me queda el consuelo de que no es la más extinta; la castidad hace que la sensatez no sea hoy en día el farolillo rojo de la clasificación.


jueves, 12 de abril de 2012

VIVIENDO DEPRISA

Se quejaba Alejandro Sanz con una canción de tintes juveniles compuesta ya hace bastante tiempo, de que vivía deprisa.

La velocidad en la que discurre la vida no es la misma para nadie. Los diferentes trabajos, modos de vida, circunstancias familiares hacen que cada uno tengamos nuestro particular ritmo. Unos viven permanentemente acelerados, otros permanentemente estancados. Nuestro ritmo de vida también dependerá de nuestro impulso y nuestro ánimo y a las circunstancias externas que nos mueven y nos ponen en marcha, unos le darán una marcha más si se trata de personas impulsivas, inquietas, activas y dinámicas. Otros, por el contrario, retardaran todo lo que puedan el “vertiginoso” paso de la vida, e intentaran que todo discurra más lento y acomodado a su personalidad.

Pero continuando con la ya casi lejana y olvidada queja de Alejandro Sanz, es cierto que la vida discurre, corre y a veces vuela. Que los años pasan y no nos damos cuenta del trayecto recorrido y que imbuidos en la cotidianeidad y la rutina, no tenemos ni el tiempo ni la lucidez suficiente como para pararnos por un instante a contemplar el paisaje.

Quizá por ello uno puede llegar a tener la necesidad de encontrar ese momento de pausa, de intimidad, de soledad consentida, en el que pueda decir “para y mira”; para y mira a tu alrededor, aprecia lo que hay, observa ese árbol que hay enfrente, la montaña, el niño que pasa por la calle y de repente se tropieza, el fresco madrugador de la brisa de primavera, o si lo prefieres piensa, o mejor aún, no pienses, quédate en blanco. Si consigues hacerte con uno de estos momentos habrás conseguido parar la vida por un instante y podrás contemplarla como se merece.

A veces el ansia de vivir la vida y de apurarla hasta el último sorbo nos puede llevar a perder la perspectiva del trayecto que recorremos. El paisaje siempre se ve mejor en bicicleta que montados en un Ferrari a ciento cincuenta por hora. Pero incluso aunque viajemos en bicicleta siempre habrá un momento en el que merezca la pena hacer una pausa para apreciar lo que nos rodea.

Es en esos momentos, que a mi me gusta acompañar de una buena banda sonora musical, cuando a uno le da por escribir estas cosas que luego suelo lanzar al mar.

domingo, 11 de marzo de 2012

ALMA MILLONARIA

En mitad de este falso invierno, disfrazado de primavera, el despejado cielo se ve nublado por una crisis que nos acongoja y nos hace temblar.

La incertidumbre lleva al miedo y el miedo a la paralización. Decía hace poco el director Rodrígo Cortés que lo que hay que hacer no es ponerse a llorar, si no tratar de asumir la
responsabilidad personal de cada uno para salir de esta situación.

A la crisis financiera mundial, se une la crisis de modelo económico española y la que supone el proceso de adaptación una nueva revolución; la de Internet, a la que tendremos que acomodarnos todos si queremos sobrevivir en el nuevo mundo que se nos avecina.

Ante este incierto panorama uno no sabe si disfrutar todo lo que se pueda por lo que pueda pasar, o guardar como una hormiguita adoptando una postura más precavida ante el riesgo de un futuro aún más negro y difícil.

En medio de esta duda y de las preocupaciones económicas que nos acucian, decidí aparcar los problemas del trabajo y romper la rutina diaria para darme el lujo de ver La Bohéme; mi ópera favorita. Era la tercera vez que la veía, y quizá no era el mejor momento para tal capricho, pero opté por darme la satisfacción.

En aquel pequeño pero coqueto teatro de Zamora, durante aquellas tres horas de espectáculo, el tiempo pareció pararse y el mundo pareció ser diferente. La música de Puccini, las voces de los artistas, y el virtuosismo de los músicos crearon una nube dulce a la que me subí para viajar con ella. Afuera quedaba la crisis, el pensar si vamos a tener o no vamos a tener, si vamos a poder mantener a la familia, si un ERE pasará por encima de nosotros o si sabremos adaptarnos a este mundo competitivo y vertiginoso.

Durante el tiempo que duró la ópera pensé que pasara lo que pasara en un futuro, al menos me llevaría el regusto de sentir la carne de gallina cuando Rodolfo y Mini se conocen y declaran su amor.

Para los que no conozcan la obra de La Bohéme, trata de una triste historia de amor y los protagonistas son unos artistas de París que viven en la miseria. Una miseria mucho peor que la crisis que nos castiga hoy en día. En aquel ambiente decadente, el poeta Rodolfo se presenta a su enamorada Mimi declarando sinceramente que no posee nada, que es pobre en valores materiales, pero aclara algo muy importante que puede con toda contingencia adversa y en un canto desgarrador grita que su “alma es millonaria”. Ante tal declaración olvidémonos de la prima de riesgo y del futuro de Internet y de la economía. Pase lo que pase, La Bohéme y Puccini seguirán siendo eternos y me seguirán poniendo el vello de punta por encima de todo.