CASI SIN ALIENTO SUBI A LO ALTO DEL MONTE, VISLUMBRÉ EL HORIZONTÉ Y COMPROBÉ CON DESALIENTO QUE SÓLO EL VIENTO PODÍA LLEGAR HASTA EL
ENTONCES, QUISÉ EL VIENTO SER QUISE QUE LA TARDE, FUERA LA MAÑANA QUISÉ TOCAR EL HORIZONTE Y QUISE DEJAR EL MONTE PERO SÓLO LA TRAMONTANA LO PUDO HACER
Quizá porque parece que el tiempo va más despacio, quizá porque la brisa del mar te acaricia con ternura, quizá porque suena a fado y provoca nostalgia, o quizá porque hay una manera distinta de degustar el bacalao para cada día del año, es por lo que uno ha llegado a querer tanto a Portugal.
Hace años que la proximidad con los vecinos lusos, propiciaron las primeras incursiones en estas tierras, que por aquel entonces eran unas desconocidas. Era uno demasiado joven como para saborear ese aire tristón y melancólico que desprende este país.Los primeros ingresos permitirían un primer vehículo y este daría la libertad necesaria para recorrer, conocer y enamorarse de ese mar bravo y caprichoso, frío y temeroso, siempre vivo y enigmático, profundo y lejano que sirve de alfombra grisácea para las puestas de sol.
Con el tiempo uno conocería a sus gentes, generalmente amables, dispuestas a ofrecerte lo mejor, ceremoniosas, respetuosas, tranquilas y serenas y entre ellas uno encontraría acomodo y amistad. El idioma poco a poco dejaría de ser un obstáculo para ser un estímulo; un camino que seguir; un abrir nuevas puertas para conocer más y más a las gentes y a las tierras aún por descubrir.
Porque Portugal siempre tiene un rincón por conocer o una playa por pisar. Porque su "saudade" te llega a empapar o porque me mira con tristeza como suplicando compañía y mimo, es por lo que este país me ha conquistado.
Lisboa es bella, luminosa. Su entorno es mágico. El litoral del centro es cercano y virgen. Oporto huele a vino y agua dulce y las regiones de frontera saben a complicidad y buenos alimentos.
Hace tiempo que desterré la errática visión de país pobre y decadente. Portugal atesora grandes atractivos que sobrevuelan por encima de su lento desarrollo económico. Quizá por ello aun hoy en día conserva intacto todo el aroma del pasado y como el buen vino de Oporto mejora con el tiempo. Quizá por ello uno sigue siendo un apasionado de estas tierras y estas gentes.
Me cuenta un amigo mío que es gerente de una industria peletera castellana, que corren malos tiempos para nuestras empresas. Las grandes multinacionales hacen su negocio utilizando la mano de obra barata contratada en los países orientales, y, según me dice, hoy en día no es rentable mantener la producción en suelo español. Si se quiere ser competitivo es mejor encargar la elaboración de los productos a China y dejar en casa una pequeña sede administrativa y comercial, evitando así gastos de mano de obra y elevadas hipotecas sobre las instalaciones.
Estas circunstancias pueden conllevar varias consecuencias, de seguir manteniéndose; por un lado puede llegar a provocar la pérdida de puestos de trabajo que acrecentarían aún más la crisis actual. Por otra parte se produciría un cambio radical en el sistema económico, haciendo muy complicado el pretendido impulso industrial y transformando la estructura empresarial, donde tendrían primacía el sector servicios. La carencia de industria haría que los empleos se centraran únicamente en el comercio, la hostelería, y la geriatría, dentro de un desierto industrial plagado de población anciana.
El panorama no parece ser muy positivo y las nubes procedentes de oriente parecen oscurecer el futuro a medio plazo. La crisis actual y la situación de ventaja de las grandes multinacionales, aprovechando la mano de obra barata que utilizan, está poniendo en brete a muchos sectores que se mantienen a duras penas en este mundo cada vez más global y más competitivo. Tan sólo sectores muy concretos y específicos pueden escapar de la influencia oriental, manteniendo su singularidad y la ventaja de seguir siendo producidas íntegramente en occidente.
Así las cosas, aquí perderemos, y ya lo estamos haciendo, puestos de trabajo, mientras al otro lado del planeta un taiwanes empeñará su vida dedicando interminables jornadas de trabajo en la confección de camisas, pantalones y zapatillas, por un mísero salario que a duras penas le dará para vivir.Este es el mundo tan complejo que nos toca vivir, pero a pesar de todo podemos estar satisfechos; los de este lado del globo; los occidentales, podemos seguir diciendo que somos los ricos de todo este cotarro que hay montado.
Aquel emblemático slogan que decía “Spain is diferent” y con el que nuestro país quería invitar a todo el mundo a que nos visitaran, bien podría ser aplicado a Inglaterra y más concretamente a Londres. Ellos si que son “diferent” y hacen todo lo posible por serlo. Circulan por la izquierda, no utilizan el euro y mantienen sus libras esterlinas y algún que otro detalle más con los que bien podríamos decir que “London is diferent”.
La primera vez que acudí a esta tierra me dejó un tanto frío. Esta claro que uno es hombre de marcado carácter latino, y quizá por eso choco con la cultura anglosajona. Prefiero las ciudades más próximas a mi cultura, ya sean Lisboa, París, Florencia, Roma e incluso las más alejadas y distantes Praga y Viena, que aunque frías igualmente, me ofrecen estímulos interesantes por otros motivos.
A pesar de ello la nueva visita a Londres, más larga que la anterior, ha servido para tomarle un poco mejor el pulso a esta bulliciosa ciudad.
Es incuestionable que tiene atractivos importantes. El grandioso Parlamento, el señorío del Big Ben, la elegancia de la plaza de Trafalgar, con la Galería Nacional de fondo, el sórdido Soho, el Coven Garden, la imponencia del Támesis, el encanto de las calles de Noting Hill, con su mercado de los sábados, o el ajetreo de las calles comerciales de Oxford Street. En esta ocasión he tenido oportunidad de callejear más y de encontrar rincones ocultos con casas encantadoras de fachadas que parecen pasteles decorados.
Pero sin duda, Londres es una ciudad de mezclas y contrastes. Allí se puede oír hindú, español, ruso, francés, alemán, e incluso inglés. El ambiente sobrio de Backingan Palas y la tranquilidad de los inmensos parques como Sant James o Hady Park choca con la parte más salvaje del Soho.
Quizá pueda entender la frialdad del carácter británico. El sol brilla por su ausencia y la luna adquiere un excesivo protagonismo que hace que se viva más de noche que de día. Si a ello le añades que las escasas horas de día, se ven apagadas por un casi permanente cielo encapotado y gris, el panorama pude resultar un tanto deprimente.
Por otra parte, el viejo y errado mito de la belleza inglesa ha caído derrotado definitivamente. La mezcla de culturas parece que genera una raza de indudable atractivo. Muy alejada de la imagen de mujer gruesa harta de comer chocolate, allí te encuentras con autenticas modelos de cabellos dorados, ojos claros, cuerpos esbeltos y porte elegante. Pasear por Oxford Street puede provocarte serios problemas en el cuello, para lo cual se sugiere en el hombre un intenso entrenamiento previo que refuerce esta parte del cuerpo, tal y como ocurre con los pilotos de fórmula 1. Disculpen las damas este comentario pero ya saben lo que dice la canción “prefiero el lunar de tu cara a la pinacoteca nacional”
Si las mujeres resultan muy atractivas, todo lo contrario se puede decir de la comida que te ofrecen. No tuve oportunidad de conocer ningún plato típico. Al final siempre acababas comiendo comida italiana y las dos veces que probamos en restaurantes que ofrecían comida española, la experiencia no resultó muy gratificante. Donde esté un buen bacalao a la bras, o un arroz de mariscos portugués, que se quite todo. ¡Cuanto echarían de menos sus guisos los amigos portugueses que nos acompañaban en esta expedición!
Por diversas circunstancias de la vida tuve oportunidad de visitar la embajada española. Toda una experiencia. E incluso tuve el gusto de que me ofrecieran un vino blanco dentro de una casa particular de una amiga que trabajaba en la embajada y que conocí en estas fechas, con lo que me pude hacer una idea de cómo puede resultar vivir en Londres.
Para mi espíritu taciturno y melancólico, quizá la capital del Támesis me quede un poco grande. Uno tiende a espacios cada vez más relajados y abiertos, con un fondo de mar o de montaña detrás. El bullicio de una ciudad tan vital por un lado, pero tan gris por otro, me llega a agotar. Será la crisis de los 40. Y eso que los cumplí en Londres con la buena compañía de mis amigas y compañeras de trabajo Beatriz y Pilar, a las cuales les dedico este modesto texto, por haber hecho más agradable estos diez días tan intensos de trabajo y turismo. Si duda una experiencia que no se olvidará.
Que Sabina es uno de los mejores cantautores contemporaneos es de sobra sabido. Su verso fácil y popular acompañado de melodías sencillas y fáciles de asimilar enganchan a un amplio y diverso grupo de fieles seguidores. Es difícil llenar dos días seguidos el multiusos Sánchez Paraíso de Salamanca y Joaquín lo ha conseguido con aparente facilidad, con el único gancho dar a conocer su nuevo trabajo, “Vinagre y Rosas”. Quizá su creatividad esté por encima de esa personalidad macarra y chabacana que con el tiempo ha ido puliendo, pero eso no es importante, al fin y al cabo lo que importa de un artista es su obra.
Esa obra que uno gustaría de saborear pausadamente y con la atención que merece. Por ello quizá no disfruté del todo del concierto del pasado sábado en Salamanca. A pesar de la novedad de seis temas que aún no ha habido tiempo de digerir, la propuesta era ya conocida y no aportaba grandes novedades. Pero lo peor de todo es que este Sabina más asentado y sereno que en sus años más bisoños, está pidiendo a gritos actuar en salas más pequeñas e intimistas donde se pueda disfrutar más serenamente de sus canciones, o al menos yo lo pido. En el concierto del sábado, resultaba casi imposible degustar como se debe las canciones del cantautor. El público convirtió el concierto en una verbena popular donde danzar a placer y corretear de un lado para otro con las litronas en las manos a modo de holigans que animan a su equipo pero que no se enteran ni de cómo va el resultado del partido.
Para dar botes y beber, me voy al bar del pueblo. Pero para disfrutar de canciones bien construidas yo prefiero un ambiente más sereno y centrado en el espectáculo.
De este inicio de gira por parte de Sabina, me quedo con sus declaraciones en la prensa, previas al concierto. Según el de Linares el estado de felicidad que ha vivido en los últimos años no han sido nada fructíferos desde el punto de vista de la creatividad. Las musas se acomodan mejor en el desgarro y en la depresión, donde ahí son capaces de inspirar las mejores creaciones. Por eso Sabina quiso salir de su letargo artístico creativo yéndose a Praga acompañado de Benjamín Prado; un poeta amigo al que le había dejado recientemente su novia y con el que compuso los trece temas de su nuevo trabajo. Así Joaquín tuvo a su alcance todo lo que necesitaba para poder producir algo interesante, el desaliento de su amigo y el ambiente melancólico de una ciudad como Praga a la que le dedica una canción en su nuevo disco. En todo esto estoy bastante de acuerdo con Sabina. La felicidad es contraproducente para la creatividad. Las situaciones difíciles son las que, por desgracia, te curten y te hacen sacar todo lo que llevas dentro ofreciendo lo mejor de ti, sobre todo desde el punto de vista artístico. Está claro que para obtener un buen guiso hay que echar mano del “Vinagre y de las rosas”.
Hace veinte años que tengo veinte años, Veinte años y aún tengo fuerza, y no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre. Y aún me siento capaz de cantar si otro canta. Hoy que aún tengo voz y aún puedo creer en dioses... Quiero cantar a las piedras, a la tierra, al agua, al trigo y al camino que voy pisando. A la noche, al cielo, a este mar tan nuestro, y al viento que por la mañana viene a besarme el rostro. Quiero levantar la voz, por una tempestad, por un rayo de sol, o por el ruiseñor que ha de cantar al atardecer. Hace veinte años que tengo veinte años, Veinte años y aún tengo fuerza, y no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre. Hace veinte años que tengo veinte años, y el corazón, aún, se me dispara, por un instante de amar, o al ver un niño llorar... Quiero cantar al amor. Al primero. Al último. Al que hace sufrir. Al que vives un día. Quiero llorar con aquellos que se encuentran solos y sin amor van pasando por el mundo. Quiero levantar la voz, para cantar a los hombres que han nacido de pie, que viven de pie, y que de pie mueren. Quiero y quiero y quiero cantar hoy que aún tengo voz. Quién sabe si podré mañana. Hace veinte años que tengo veinte años, Veinte años y aún tengo fuerza, y no tengo el alma muerta, y me siento hervir la sangre.
No soy amigo de los productos “triunfitos”. Mis debilidades musicales son más líricas y poéticas, pero en el concurso de OT de hace dos años me llamó la atención la voz de una tal Virginia; una jovencita de inmensos ojos azules con los que llenaba la pantalla de televisión y que podía cautivarte sólo con la mirada. Aquella chica de aspecto frágil, imagen de muñeca de porcelana y de voz singular y delicada, fue superando las muchas trabas que se le pusieron en el concurso para finalmente ganarlo inesperadamente.
Tenía pues curiosidad por ver que podía ofrecer Virginia en su carrera musical. Teniendo en cuenta que cualquier triunfador de OT suele lanzarse al mercado con un producto comercial de fácil digestión y de olvido inmediato, la niña de los ojos azules convertida en Labuat volvió a sorprender con una trabajo diferente y una propuesta original en la que se mezclaban diversos estilos musicales. El disco llevaba la impronta de uno de sus mentores en el programa de Telecinco, el comprometido Risto Mejide, al que también cautivó la andaluza.
Con estos antecedentes llegaba Labuat a Salamanca el pasado día 23 y yo sentía curiosidad por oir in situ esa peculiar voz.
Como suele ser habitual en mi, metí los morros en la antesala del concierto y me acerqué al Camelot a ver que se cocía y así de paso mataba el tiempo hasta la hora del espectáculo. Cual fue mi sorpresa que veo a la artista en pleno ensayo, aunque en un principio no la reconocí. Más bajita de lo que me imaginaba, parecía una adolescente al salir de clase. Compruebo que es posible entrar en la sala y me meto a tomar una cerveza con la que justificar mi presencia. Empieza a sonar la música y los cuatro que allí estábamos congregados nos quedamos boquiabiertos con una versión de un tema de Luis Armstromg y otras dos versiones de canciones conocidas pero que no he podido identificar.
En el silencio de la sala su voz llevaba jazz, blues y hasta bossa nova y según cantaba parecía que te estaba acariciando en el cuello y susurrando al oido. Me quedé enganchado.
Al rato ella se pasea por el bar con toda naturalidad y yo me acercó a charlar un poco con ella y a hacerme la pertinente foto. Se muestra amable y sencilla.
Después vendría el concierto.
Nunca había estado en uno con tan poca concurrencia. Seríamos treinta las personas allí congregadas. Ella salió acompañada de sus músicos; un pianista a los teclados y un guitarra, que a veces ella complementaba con otra guitarra más y algún artilugio de viento
Aquel inhóspito ambiente me daba pena por ella. Parecía una chica más tratando de hacerse un hueco en el mundo de la música y no una triunfadora de OT. A la segunda canción había perdido todo su glamour televisivo.
Su voz seguía brillando pero lo hacía más con las versiones de temas en lengua inglesa que con su propio repertorio. Se mostró natural y sencilla, como si estuviera en el salón de tu casa y ella amenizara una velada. Pero le faltó empaque, sobriedad, profesionalidad. Todo parecía demasiado bisoño. Supongo que es normal ya que es demasiado joven todavía. Pero tiene la materia prima suficiente como para acabar siendo un producto exquisito si su maduración y el camino que elige es el adecuado. Ello dependerá mucho del repertorio que produzca o que incorpore.
Dejo la versión del wonderful world y otra del Turn me one